O Concello celebra este sábado a restauración da Salga de Goday
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El Concello meco convierte la reinauguración del Cipes en un homenaje a la familia Goday
- Localidad: vilagarcía/la voz.
- Fecha de publicación: 11/11/2010
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31 de agosto del 2004
Ernesto Goday quería a O Grove, y O Grove también quería a Ernesto Goday. La figura de este pintor está ineludiblemente ligada a este municipio arousano, que ayer quiso rendirle un merecido homenaje bautizando una calle situada en el centro del casco urbano con el nombre del artista que nunca se cansó de pintar el mar de la ría. El vial bautizado con su nombre transcurre por la llamada Finca de Pedro, una zona que ha sido urbanizada recientemente.
Homenaje
Desde el fallecimiento del pintor, el ayuntamiento grovense tenía en mentes dedicarle una calle a su memoria y a su recuerdo. De hecho, ha habido acuerdos plenarios que hacían hincapié en esa cuestión. Ayer, finalmente, se cumplió esa promesa adquirida tanto con la familia del fallecido artista, como con los muchos amigos que tenía en el pueblo.
El acto, en el que participaron políticos y vecinos de la localidad, se celebró a la una del mediodía.
Reportaje | La historia de los Otero Goday
Eran tío y sobrino. Uno médico, otro maestro. Compartían nombre: Jacobo. Y, como hombres de la República, compartieron también desde 1936 un destino feroz
EL MAESTRO.
Jacobo Barral era maestro en la República. Cuando estalló la guerra tenía 30 años, y llevaba apenas unos días en la alcaldía de O Grove. Tras la contienda, su amistad con algunas familias de la burguesía de Vigo le permitió salir adelante. Murió hace unos diez años en la ciudad olívica.
EL MÉDICO.
«O médico dos pobres», le llamaban. Don Jacobo ha pasado a la historia de O Grove como el paradigma del hombre bueno. Cuando lo llamaban por una urgencia, salía raudo en su caballo. Y a veces, sabedor de que iba a casas pobres, llevaba consigo dinero para dejar bajo la almohada de los enfermos. Durante su reclusión, coincidió en Pamplona con Juan Allo, un joven grovense que falleció en un intento de fuga. Don Jacobo le trajo a la desconsolada madre la manta con la que
noche tras noche se había cubierto su hijo. Dicen que durante los primeros días de la guerra, Don Jacobo ayudó a todo el que pudo. Por todo ello, O Grove le levantó un monumento en 1963.
En Lordelo sigue en pie, aunque dubitativa, la vieja casa de los Otero Goday. El edificio, hoy arruinado, era allá por los años treinta una casa rica, en cuyo cómodo interior residía Jacobo Otero, un médico que había sido alcalde entre 1913 y 1921. No era el único ex alcalde que vivía entre aquellas paredes. Su hermano Francisco, abogado, también había llevado el timón del ayuntamiento entre 1930 y 1931. Cuando estalló la guerra civil, en julio de 1936, al frente de O Grove volvía a estar un miembro de la familia. Se llamaba Jacobo, se apellidaba Barral, pero en el pueblo todo el mundo lo identificaba como Jacobito, el maestro, el sobrino de Don Jacobo.
«A mi tío lo pillaron estrenándose», cuenta ahora uno de sus sobrinos, Cándido Barral. El último alcalde republicano de O Grove llevaba 18 días en su puesto cuando el mundo se puso patas arriba. Dos días después del alzamiento, acompañado por otros hombres, se presentó en el cuartel de la Guardia Civil para poner a buen recaudo las armas que allí hubiese. Dijeron que se habían ido con ocho pistolas. «Mi tío me contó que lo único que había allí era una revólver sin percutor y una pistola que no funcionaba», recuerda ahora Cándido.
Daba igual cuántas armas se hubiera llevado del cuartel. El perfil de Jacobo Barral se ajustaba demasiado al del hombre republicano. Era culto y político, vinculado al Partido Galeguista. Tenía fe en la justicia social y además formaba parte de un gremio maldito: el de los maestros. Pronto fue detenido. Y con él Don Jacobo Otero, el médico, en cuya casa los falangistas habían requisado un arsenal de escopetas. «Un arsenal...¡todos los hermanos eran cazadores, por eso había escopetas!».
Después de pasar por los calabozos de O Grove y Vilagarcía, sobrino y tío fueron trasladados a la prisión provincial de Pontevedra el 16 de noviembre de 1936 para ser sentenciados -el juicio fue una farsa-. «Mis tíos tuvieron suerte: no los mataron», narra Cándido. Y suerte tuvo también otro hombre juzgado con ellos, Miguel Mandiás. Como los Jacobos, fue condenado a reclusión perpetua. A los otros implicados en la requisa de las armas la vida se la arrancaron. El médico Ángel Cadavid, el sindicalista José Prol y el delegado del Gobernador, Manuel Puente, fueron condenados a muerte. Eran «elementos peligrosísimos».
Es difícil saber por qué salvaron la vida los dos Jacobos. Quizás porque uno de los hermanos de Jacobito se había presentado voluntario a las filas nacionales «para que pesara en el juicio». Era José, el padre de Cándido. Fue a la guerra y volvió, pero también acabó pagando sus simpatías por la República: allá por los cincuenta pasó un año en prisión por dar un donativo para los huérfanos republicanos y por guardar una pistola en casa. Para entonces, Jacobito y Don Jacobo ya estaban libres. Tras ser arrastrados por penales como San Simón, Figueirido o Pamplona, en 1940 pudieron volver a casa. Aquel día hubo una gran fiesta en Lordelo.
Y luego la vida siguió. La de Don Jacobo en O Grove, donde murió a principios de los sesenta. «Ibas con él por la calle y notabas el cariño que le tenía todo el mundo», cuenta Cándido Barral. «Una vez le quisieron hacer un homenaje pero lo prohibieron. Así que la gente lo que hizo fue regalarle un televisor».
A Jacobito el destino se lo llevó a la provincia de Coruña. Se casó, ya mayor. «Quería ir a París con Carmiña, pero tengo un problema con el pasaporte», le confesó una vez a su sobrino. El problema eran sus antecedentes.
Don Jacobo y Jacobito murieron sin hijos. Pero, el recuerdo de ambos pervive en la familia. «Mi hermano se llama Jacobo. Y mi hijo mayor. Y mi primer nieto». El nombre está cargado de orgullo y de recuerdos. «Mis tíos eran personas de orden, no de puño en alto, de bombas y de pistolas», recuerda Cándido. Y parece sonreir cuando dice que su otro tío «Paco, era más echado para adelante, y cada vez que veía a un fascista le plantaba cara... Tuvo suerte de que no lo mataran».
El pasado sábado 9 de Agosto tuvo lugar la primera reunión de las nuevas generaciones descendientes de los GODAY.
La reunión consistió en una celebración eucarística en la Catedral de santiago de Compostela y en honor a aquellos pioneros venidos desde Cataluña y más concretamente de Canet del Mar allá por el siglo XVIII, y que fueron los que iniciaron la rama familiar gallega. La celebración la llevó a cabo un ilustre miembro de la familia y canónigo de la Catedral de Santiago Alejandro Barral Iglesias.
En su homilía realizó un fervoroso recuerdo familiar a los que por desgracia, ya no se encuentran con nosotros y una bienvenida a los nuevas generaciones que se suman a esta saga familiar. Un acto lleno de emoción y sentimiento que finalizó con la puesta en funcionamiento del Botafumeiro que fue manejado por ocho Tiraboleiros.
La reunión de las nuevas generaciones GODAY siguió en el municipio Coruñés de Muros, allí se reunieron el Finca Goday, (Playa de Goday, Louro) que sigue perteneciendo a la familia y en donde se enclava una de las fábricas construidas por esta familia y que dejó de trabajar en 1936.
Allí se encontraron generaciones GODAY venidas de Galicia, León, Madrid y Cataluña que pudieron conocerse por primera vez. Fue una reunión llena de emotividad e ilusión y muy marcada por el reencuentro de algunos hermanos que hacía mucho tiempo que no se veían.
Sin duda alguna, una cita marcada por el éxito de asistencia y por la emoción de encontrarse con familiares que no se conocían y contrastar datos de orígenes de las distintas ramas de la familia y de esta forma, retomar lazos familiares.
En cuanto a los GODAY de O Grove, allí asistieron los descendientes de los Goday de la casa de Lordelo, la familia del gran pintor Ernesto Goday y los Barral descendientes de los GODAY de Rons.